Estoy sintiendo que la nieve me pesa un poco más, como si el invierno quisiera recordarme que sigo aquí, quieto, vigilante. Veo pasar a la gente y nadie imagina que detrás de los botones de mis ojos laten pensamientos que no puedo compartir con ellos.
A veces envidio sus pasos, su manera de hundirse en el mundo, dejando huellas que pronto desaparecerán. Yo, en cambio, permanezco clavado, escuchando el crujido del hielo como quien oye un secreto repetido mil veces.
Hoy, sin embargo, algo distinto me ha rozado: He sentido una ráfaga tibia, casi humana, y creo que mis brazos se están aflojando, como si la cuerda que me ata estuviera dudando de su trabajo. Es posible que mañana haya podido acercarme algo más al puente lejano, aunque no sé si alguien se dará cuenta de ello.
Una imagen y reflexiones profundas, amigo mío, que, sin quitarte mérito alguno, atribuiremos al personaje. Muy logrado todo. Resalta ese sombrero..., que no tengo claro si descansa en lo "hueco". :))))) Abrazos, Ildefonso.
Los humanos van a su bola. No se detienen a observar las evoluciones de un espantapájaros. Tú sí le has dado protagonismo, desenfocando el resto. Un abrazo.
Ildefonso, qué bien dialogan en esta entrada la imagen y ese monólogo interior que has puesto en boca del espantapájaros. La fotografía —con ese blanco y negro tan limpio, el gesto casi humano y el fondo suavemente desenfocado— ya invita a detenerse; pero es el texto del primer comentario el que termina de darle alma al personaje, como si la quietud de la figura escondiera un mundo entero de sensaciones. La idea de la nieve que pesa, del invierno que recuerda su presencia, de los pasos humanos que pasan sin mirar, construye una atmósfera de soledad que no es triste, sino consciente. Y ese detalle final —la ráfaga tibia, la cuerda que afloja, la posibilidad de acercarse un poco más al puente— introduce una esperanza mínima, casi imperceptible, pero suficiente para que el lector imagine un mañana distinto. Me ha gustado especialmente cómo la imagen sostiene esa lectura: el sombrero ladeado, la postura rígida, la mirada fija hacia un punto que no vemos. Todo parece preparado para que ese pequeño gesto de vida que describes pueda suceder. Tu serie de Cuentos Mínimos encuentra aquí uno de sus mejores ejemplos: una figura inmóvil que, gracias a tu palabra, respira. Un abrazo, maestro
Estoy sintiendo que la nieve me pesa un poco más, como si el invierno quisiera recordarme que sigo aquí, quieto, vigilante. Veo pasar a la gente y nadie imagina que detrás de los botones de mis ojos laten pensamientos que no puedo compartir con ellos.
ResponderEliminarA veces envidio sus pasos, su manera de hundirse en el mundo, dejando huellas que pronto desaparecerán. Yo, en cambio, permanezco clavado, escuchando el crujido del hielo como quien oye un secreto repetido mil veces.
Hoy, sin embargo, algo distinto me ha rozado: He sentido una ráfaga tibia, casi humana, y creo que mis brazos se están aflojando, como si la cuerda que me ata estuviera dudando de su trabajo. Es posible que mañana haya podido acercarme algo más al puente lejano, aunque no sé si alguien se dará cuenta de ello.
Una imagen y reflexiones profundas, amigo mío, que, sin quitarte mérito alguno, atribuiremos al personaje.
EliminarMuy logrado todo. Resalta ese sombrero..., que no tengo claro si descansa en lo "hueco". :)))))
Abrazos, Ildefonso.
Very powerful thoughts.
ResponderEliminarThe smiling scarecrow.
ResponderEliminarI wish him luck!
ResponderEliminarNadie se dará cuenta... y poco a poco lo logrará.
ResponderEliminarLa gente no ve, miran sin ver.
Los humanos van a su bola. No se detienen a observar las evoluciones de un espantapájaros. Tú sí le has dado protagonismo, desenfocando el resto.
ResponderEliminarUn abrazo.
Ildefonso, qué bien dialogan en esta entrada la imagen y ese monólogo interior que has puesto en boca del espantapájaros. La fotografía —con ese blanco y negro tan limpio, el gesto casi humano y el fondo suavemente desenfocado— ya invita a detenerse; pero es el texto del primer comentario el que termina de darle alma al personaje, como si la quietud de la figura escondiera un mundo entero de sensaciones.
ResponderEliminarLa idea de la nieve que pesa, del invierno que recuerda su presencia, de los pasos humanos que pasan sin mirar, construye una atmósfera de soledad que no es triste, sino consciente. Y ese detalle final —la ráfaga tibia, la cuerda que afloja, la posibilidad de acercarse un poco más al puente— introduce una esperanza mínima, casi imperceptible, pero suficiente para que el lector imagine un mañana distinto.
Me ha gustado especialmente cómo la imagen sostiene esa lectura: el sombrero ladeado, la postura rígida, la mirada fija hacia un punto que no vemos. Todo parece preparado para que ese pequeño gesto de vida que describes pueda suceder.
Tu serie de Cuentos Mínimos encuentra aquí uno de sus mejores ejemplos: una figura inmóvil que, gracias a tu palabra, respira.
Un abrazo, maestro
Buen trabajo Ildefonso.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo