La anciana acariciaba el borde del vaso como si leyera en él los años que no volverían. El perro, con la cabeza apoyada en la mesa, parecía escuchar unas palabras que nadie decía. Afuera, el viento traía olor a uvas fermentadas, como si el vino quisiera regresar a la tierra. La pared azul, con manchas amarillas, vibraba levemente, como si respirara. En algún momento, la botella se inclinó sola, derramando unas gotas de vino que cayeron sobra la madera. El perro ladró con delicadeza y la anciana sonrió sin mover los labios. Creía -dicen- que en esos ladridos estaba encerrada la dulce voz de un nieto perdido.
La anciana acariciaba el borde del vaso como si leyera en él los años que no volverían. El perro, con la cabeza apoyada en la mesa, parecía escuchar unas palabras que nadie decía. Afuera, el viento traía olor a uvas fermentadas, como si el vino quisiera regresar a la tierra. La pared azul, con manchas amarillas, vibraba levemente, como si respirara. En algún momento, la botella se inclinó sola, derramando unas gotas de vino que cayeron sobra la madera. El perro ladró con delicadeza y la anciana sonrió sin mover los labios. Creía -dicen- que en esos ladridos estaba encerrada la dulce voz de un nieto perdido.
ResponderEliminarBuena fotografía amigo Ildefonso y un gran texto que describe a la perfección la mirada de la anciana y la del perro
ResponderEliminarUn abrazo
OMG that is actually so sweet
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